Mentiras y verdades sobre los asesinatos de Charles Manson

Se cumplen 51 años del trágico asesinato de Sharon Tate a manos de cuatro acólitos de Charles Manson. ¿Qué llevó a unos jóvenes pacíficos sin antecedentes a cometer semejante matanza?

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Siete brutales asesinatos pusieron fin —de forma abrupta— a la California de paz, amor y optimismo de los años sesenta.  Y, de paso, helaron la sangre a los habitantes de Los Ángeles en aquel verano de 1969. Un sociópata pseudo-satánico llamado Charles Manson —líder de un peculiar culto bautizado como la Familia Manson e integrado (en su mayoría) por mujeres jóvenes antisistema— hizo creer a su grupo de fieles seguidores que él era la reencarnación de Jesucristo y les dio instrucciones para cometer una serie de asesinatos.

Pasada la media noche del 9 de agosto de 1969, cuatro de sus fanáticos —Tex Watson, Patricia Krenwinkel, Linda KasabianSusan Atkins —se presentaron en el número 10050 de la calle Cielo Drive (Los Ángeles). Allí se encontraba el hogar de una embarazadísima Sharon Tate, esposa del cineasta Roman Polanski —que estaba fuera del país en ese momento—, a la que asesinaron a balazos y puñaladas. Y después, hicieron lo mismo con sus visitantes:  el peluquero Jay Sebring, el director de cine Wojciech Frykowski, la heredera millonaria Abigail Folger y el jovencísimo vigilante de la casa Steven Parent.  La palabra ‘Pig’ [cerdo] apareció escrita con sangre en la puerta principal de esa casa, que antes había pertenecido a Terry Melcher —hijo de Doris Day y productor musical—.

Manson y su troupe pretendían tratar de desencadenar una especie de guerra racial entre negros y blancos

Pero es que la noche siguiente, en otra parte de la ciudad, el dueño de una tienda de ultramarinos, Leno LaBianca, y su esposa, Rosemary, corrieron la misma suerte y fueron asesinados de manera similar. En esta ocasión, Manson sí estuvo presente en la escena del crimen —aunque se limitó a maniatar a la pareja y dejó que sus secuaces hicieran el trabajo sucio—.

A pesar de que estamos ante el que probablemente es el crimen más famoso de la historia de América, muchas preguntas quedaron sin respuesta tras la instrucción, el juicio y las sentencias condenatorias. Por eso, recientemente veía la luz Manson: la historia real (Roda editorial), donde el periodista de investigación Tom O’Neill —que pasó veinte años investigando todos los cabos sueltos en el caso— asegura que el relato oficial no es veraz, apoyándose para ello en numerosas pruebas y documentos del FBI y la CIA nunca antes revelados.

Según los fiscales, Manson y su troupe pretendían tratar de desencadenar una especie de guerra racial entre negros y blancos que el de Cincinnati creía que se predijo en la canción de los Beatles Helter skelter. Y, además, esperaban que los Panteras Negras fueran culpados por los asesinatos. La que él llamaba su ‘Familia’ y él estarían a salvo de esa guerra, ya que —según les había prometido— se refugiarían en un búnker en el desierto del Death Valley, donde se dedicarían a reproducirse como conejos.

El juicio, que duró nueve meses, estuvo muy mediatizado y se saldó, en abril de 1971, con la condena de todos los implicados en la barbarie. Tanto los autores materiales como el propio Manson —que se presentó en él como una fuerza demoníaca y se llegó a grabar una esvástica nazi en la frente— fueron condenados por homicidio en primer grado y sentenciados a muerte. Pero las sentencias fueron finalmente conmutadas por cadena perpetua, porque la pena capital fue suspendida temporalmente en California a comienzos de los setenta.

¿Quién era Manson?

El ideólogo de los salvajes crímenes era un tipo lunático, misógino y racista que nació hace ochenta y cinco años. Manson, que fue abandonado por su madre cuando era un crío, pasó la mayor parte de su adolescencia y juventud entrando y saliendo de prisión por cometer atracos, robos de vehículos y falsificación de cheques. Fue durante uno de sus encierros, de hecho, cuando comenzó a aficionarse a las filosofías orientales y el esoterismo. El tipo llegó a hacer sus pinitos como cantante y compositor —se hizo colega de Dennis Wilson, baterista de los Beach Boys (y participante en algunas de las orgías que montaba su amigo)—, y pasó una temporada en el barrio de Haight-Ashbury (San Francisco), meca del hipismo de la época. Después de dar algunos bandazos, acabó estableciéndose como una especie de líder espiritual en una comuna hippie aislada en el Rancho Spahn —en la que sus fieles se entretenían con drogas, lecturas bíblicas y orgías—.

Sea como fuere, el frustrado aspirante a estrella del rock acabó pasando la mayor parte de su vida entre las rejas de la californiana prisión de Corcoran —donde dicen que mataba el tiempo violando las reglas y acabó muriendo a los 83 años, por causas naturales, en noviembre de 2017—. La teoría de O’Neill es que el fiscal encargado del caso, Vincent Bugliosi —que falleció en 2015 y fue siempre considerado como una especie de héroe nacional—, manipuló a testigos y creó un relato falso sobre los crímenes de Manson para poder acusarle de conspiración. Bugliosi llegó incluso a destruir una serie de cintas con conversaciones que ponían de manifiesto que Manson y los suyos también estuvieron detrás del asesinato de Gary Hinman, un profesor y músico que dio cobijo a la Familia y al que hallaron cosido a puñaladas en su casa el 31 de julio de 1969.

Todo apunta a que Manson llegó a convertirse en parte de un programa secreto del Gobierno orientado al control mental

Pero, ¿con qué fin actuó así el fiscal? El mismo día en que empezó el juicio, Bugliosi recibió una propuesta para escribir un libro sobre el caso. Y el hombre debió pensar que los futuros lectores de su obra no la recibirían con el mismo entusiasmo —ni él lograría tanta popularidad— si algún cabo había quedado suelto. Así que optó por darle poca publicidad a la muerte de Hinman. Para más inri, el periodista tiene también bastante claro que los agentes del FBI colaboraron con el fiscal. Su director, John Edgar Hoover vio que acabar con Manson y compañía contribuiría a su deseo de hacer ver a los hippies como seres peligrosos. Y todo apunta a que la propia CIA pudo haber entrenado a Manson en el uso de las drogas psicodélicas —LSD, principalmente—. Para O’Neill, resulta bastante curioso que los funcionarios de vigilancia penitenciaria del asesino fueran tan ‘permisivos’ en los años anteriores a 1969, permitiendo que Manson violara la libertad condicional en multitud de ocasiones —y que se trasladase, incluso, a San Francisco—.

Todo apunta a que Manson llegó a convertirse en parte de un programa secreto del Gobierno orientado al control mental, después de coincidir en una clínica médica de San Francisco con un doctor corrupto financiado por la CIA que reclutaba a sujetos para hacer estudios sobre el LSD y su supuesta capacidad para lavar cerebros (y aumentar las capacidades mentales) —método, por cierto, empleado después por Manson para manipular a sus discípulos y lograr someterlos totalmente—.

Pero hay más. Tan solo una semana después de los asesinatos, varios agentes del Departamento del Sheriff de Los Ángeles llevaron a cabo una redada en el rancho Spahn. Manson, que se encontraba en libertad condicional, fue arrestado allí junto a 32 de sus seguidores. No era para menos: los agentes encontraron en el lugar armas de fuego, varios coches robados y algunas tarjetas de crédito (también robadas) en el bolsillo de Manson. Lo sorprendente es que, a pesar de eso, todos ellos quedaron en libertad sin cargos al cabo de tres días. Bugliosi aseguró que aquel ‘errorcillo’ se debió a un defecto de forma en la orden de arresto por una equivocación en la fecha. Pero no fue así. O’Neill pudo comprobar que la orden era perfectamente legal. ¿Acaso entonces era Manson una especie de protegido por las autoridades? Todos los indicios apuntan en esa dirección.

Y luego está la figura de Melcher, que pudo tener bastante más relación con Manson de lo que en su día se contó. Hay testigos que sitúan al productor musical junto al asesino después de los crímenes. Pero esta información quedó fuera del juicio —de hecho, Melcher nunca fue interrogado— porque, para el periodista, su inculpación no habría encajado con la teoría que el fiscal quería vender (y oficializar): que Manson ordenó los asesinatos para asustar al influyente neoyorquino, después de que el productor rechazase lanzar su carrera musical.

Por otro lado, ¿qué llevó a unos jóvenes pacíficos sin antecedentes a cometer semejante matanza? Para O’Neill, Manson —al que nunca diagnosticaron ningún tipo de trastorno mental— sabía perfectamente lo que hacía. De hecho, él apenas tocaba las drogas —aunque sí solía fingir que las tomaba— en sus continuas orgías de sustancias y desenfreno: “Como estaba lúcido, manipulaba las mentes de los otros con complicados juegos de palabras y técnicas sensoriales que había concebido en los dos años trascurridos desde que saliera de la cárcel. Según Van Houten, cada viaje de ácido la alejaba más de la realidad, hasta que, a la larga, parecían defendibles incluso ciertas contradicciones básicas: lo bueno podía ser malo, Dios podía ser Satán, la muerte era igual que la vida”, asegura el periodista en su libro. Efectivamente, Manson logró instalarse en la mente de las personas. Y dejó claro que, aun siendo un criminal de libro, era mucho más inteligente y estaba bastante más cuerdo que todos aquellos que quisieron tildarlo de loco.