Make Kazajistán Great Again!: 5 claves para ver ‘Borat: Subsequent Film’

Sacha Baron Cohen vuelve quince años después al desvergonzado bigote que le proporcionó más popularidad en 2006, cuando hizo de un reportero kazajo que realiza un falso documental en Estados Unidos. ¡Borat ha vuelto!

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Borat: Subsequent Film’ o “Entrega del Prodigioso Soborno al Régimen Americano para Conseguir Beneficio a la Gloriosa Nación de Kazajistán”, tal y como se puede leer en el subtítulo de la película que relata en una sola frase el propósito principal del icónico personaje interpretado por Sacha Baron Cohen. El cómico actor, también conocido por sus irreverentes actuaciones en ‘Ali G anda suelto’ (Mark Mylod, 2002) o ‘Brüno’ (Larry Charles, 2009), vuelve al desvergonzado bigote que le proporcionó más popularidad en 2006: el de un reportero kazajo que realiza un falso documental en Estados Unidos para trasladar conocimientos culturales a su tierra natal. Casi quince años después la plataforma Amazon Prime Video estrena esta ‘Subsequent film’ (película posterior) en la que el incómodo personaje vuelve a ser enviado a la “tierra de los sueños” con el fin de que la política de Kazajistán realmente pueda progresar. Lo que Borat no sabe es que ni Estados Unidos ni el mundo occidental de 2020 son los mismos que la última vez que viajó.

Repasamos 5 aspectos por los que ‘Borat: Subsequent Film’ resulta ser un relato aproximado a la realidad de nuestros días, a la vez que se aleja sustancialmente de los propósitos de su predecesora.

1. De Torrente a Mortadelo

En su primera aparición en cines, Borat llamaba la atención por su chocante don de incomodar al personal allá donde se plantase. Su desatinada ideología, sus comentarios antisemitas y machistas y una anecdótica tendencia a la homosexualidad sin negar su insistente virilidad lo aproximaban a un Torrente sacado de su barrio de Madrid y situado en un país tan ultra-contradictorio como lo es Estados Unidos, por momentos tan liberal como intolerante. El road trip que se marcaba Cohen en busca de su capricho platónico – la actriz de ‘Los vigilantes de a playa’, Pamela Anderson – lo llevaba a vivir experiencias surrealistas y entrevistas con colectivos y personalidades en las que siempre se las apañaba para estar fuera de lugar.

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En el contraste entre el esperpéntico Borat y la formalidad de las personas con las que se entrevistaba – desde asociaciones de feministas, los políticos Alan Kayes y Bob Barr, jóvenes afroamericanos– residía todo el humor del experimento fílmico del propio Cohen y el resto de guionistas. Con un tono realista en su filmación, el espectador verdaderamente podía dudar entre la naturaleza verídica de sus imágenes y la ficción.

En su secuela este germen experimental casi desaparece cuando la película de Jason Woliner sustituye la idea de la adaptación por la supervivencia. El reportero ya no trata tanto de entender el modus vivendi estadounidense sino provocar hasta el exceso a todo el mundo. Quizás en su explicación se encuentre una mayor intención de recrear la situación más vergonzosa posible, en aras de confiar toda la suerte en los inoportunos comentarios de su protagonista. A su manera, la figura y la personalidad de Borat pasan más desapercibidas cuando él mismo descubre que en Estados Unidos es un personaje reconocido gracias a su primera película. Pero algunas de sus fugas por medio de cambios de vestuario resultan del todo forzadas. Este Mortadelo, que parece haberse aburrido del mismo disfraz y desee escapar de su registro original, ofrece esta vez menos Borat y más Cohen.

2. La princesa de Norteamérica

Si en algo se identifica esta secuela es en proclamarse producto directo de los tiempos que corren. El feminismo ya quedaba expuesto en la obra original, pero es en esta segunda, posterior al movimiento #MeToo, cuando la historia sitúa mucho más el dedo en la llaga a través del personaje de Tutar (la actriz búlgara Maria Bakalova), la hija menospreciada de Borat, derivándola por temas tan candentes como el aborto, las operaciones de estética y los derechos laborales. La trama de esta secuela gira en mayor intensidad sobre el arco narrativo de la chica, pues enfoca su atención en convertirla en la princesa de un cuento Disney inspirado por la vida de Melania Trump. Totalmente ajeno a los movimientos feministas, los planes de Borat pasan por desprenderse de la joven y otorgarla como obsequio de hermandad kazaja al vicepresidente del Gobierno, Mike Pence. Para ello necesita que Tutar reconvierta su imagen de granjera y se eduque en términos norteamericanos, según Borat. Es decir, como si fuese una concursante de ‘Geordie Shore’.

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Quien parecía un personaje muy secundario termina robando el protagonismo al mismísimo Borat cuando Tutar se autoproclama como la versión millennial y analfabeta de su propio padre. Bakalova puede estar orgullosa de manejar la comicidad al nivel de su partenaire, haciendo de la secuencia del malentendido en la clínica médica una de las más deliciosas de la película. Ambos parecen hablar el mismo lenguaje, lo que resulta gracioso, ya que realmente una habla en búlgaro y el otro en hebreo, como si el kazajo fuese una lengua abstracta del este. Pero ni todas las excentricidades de esta extraña pareja evitan que sus personajes terminen entrando en un bucle de moralidad política y convencionalidad narrativa que empaña la crítica de la obra en busca de un final feliz.

3. Borat for President

Poco sabía Cohen durante el rodaje de la primera película que defecar en la entrada de la Trump Tower sería un gesto que cobrase especial relevancia durante los últimos cuatro años. Realmente, eso de la corrección política no va demasiado en la línea del comediante. Es muy probable que durante la filmación de ‘Subsequent film’ haya traspasado alguna que otra línea roja. Por ejemplo: cuando el propio agitador decide disfrazarse de “McDonalds” Trump – con máscara incluida –, cargar a Tutar sobre su espalda y tratar de entregársela a Pence en un masificado mitin real. Es aquí cuando el espectador no puede entender que el actor no haya pasado, por lo menos, una noche en el calabozo. Cohen persigue con insistencia a los simpatizantes de Trump para realizar un retrato instigador de los fervientes seguidores del republicano al mismo tiempo que identifica las creencias propias del personaje kazajo con las de la Norteamérica más profunda.

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El rodaje, en pleno 2020, no podía dejar entrever otro aura que no fuese el de las inminentes elecciones de noviembre, donde las sensibilidades estaban a flor de piel. El montaje tampoco se esconde a la hora de incluir insertos de telediarios y noticias de Internet sobre la gestión administrativa del Presidente y sobre alguna que otra preferencia sexual del vice. Los guionistas y el propio Cohen vieron en esta olla a presión el momento ideal para el regreso de un Borat con mentalidad propia de pueblo subdesarrollado que, de alguna manera, no se aleja tanto de la ideología de sus colegas más yankees.

4. ¿Dónde está todo el mundo?

Si el personaje de Borat es la incorrección personificada, en época de la Covid-19 puede llegar a ser la gota que colma el vaso. La película también se aproxima al conflicto pandémico desde el punto de vista social y político, convirtiéndose así en una de las primeras ficciones que incluye este desolador panorama en parte de su trama.

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El enviado especial, indiferente a toda alerta sanitaria, se encuentra con las calles vacías. Decide pasar la cuarentena con dos desconocidos militantes de ultraderecha, a los que besa en cada mejilla cuando los conoce, tal y como manda en su cultura. El contacto físico del personaje ya resultaba sobrepasado para quien lo sufría, pero la cara de desconcierto en época de coronavirus hace este gesto todavía más grotesco. De esta manera, Cohen aprovecha cada grieta en el sistema para introducir uno de sus chistes. Gestos así de conflictivos hacen del actor– además de poco precavido – un humorista arriesgado que piensa en la comedia a diferentes niveles.

No faltan en sus diálogos locas hipótesis sobre los orígenes y la culpabilidad del virus, así como marchas de “negacionistas” sobre los derechos del individuo. Los compañeros de cuarentena aseguran a Borat que los demócratas, con el gobierno de los Clinton y Obama al frente, son el mal detrás del virus. Pero la realidad sale a relucir en un inteligente e improvisado giro de guion donde el virus surge del lugar menos pensado.

5. Quemar después de leer

Igual que el “Manual sobre cómo criar a una hija” que Borat lleva consigo y que de algún modo acaba en las llamas de una hoguera, sirva ‘Borat: Subsequent Film’ como instrucciones de todo lo que no debe hacer un ciudadano de a pie. La propia película se pone seria en su mensaje final: antes de los títulos de crédito, recuerda a los espectadores que vayan a votar. Más allá de una comedia al uso, esta secuela se presenta casi como contra-propaganda. Un documento urgente sobre la situación norteamericana. Una ventana a la que los ciudadanos – sí, los estadounidenses, pero también todos aquellos que observan el resurgimiento de políticas de extrema derecha a su alrededor – pueden asomarse para reconocerse.

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La cuestión étnica que representan las diferencias culturales del reportero kazajo con la vida estadounidense representan, quizás, un divertimento menor en comparación con su antecesora. Pero la película decide desviarse conscientemente de su compromiso con la comedia para abarcar, de un modo más activista, todas las faltas de un gobierno deficiente. El personaje de Borat nació de la gestión de Bush sin mucha más denuncia que entretenimiento. Ahora llama a la acción con sus aventuras en tierra de Trump. ¿Será necesaria otra visita de la honorable Kazajistán después del gobierno de Biden?